En El milagro de ser y la grandeza de vivir, este inquieto autor rememora un momento que marcó un antes y un después en su vida
Por: Antonio Villar
Hay momentos en la vida en que una simple idea transforma por completo nuestra perspectiva. Para mí, uno de esos momentos ocurrió cuando leí, hace décadas, una frase que marcó mi alma: «En cada ser humano se hace forma el espíritu, padece la criatura y se crucifica un redentor». Esta afirmación, de un libro* que aún resuena en mi memoria, me llevó a reflexionar profundamente sobre la unicidad y el valor de cada ser humano.
Cada uno de nosotros es único, un milagro irrepetible. Jamás ha existido ni existirá alguien exactamente como tú o como yo. Esta revelación, combinada con conocimientos sobre biología que adquirí tiempo después, produjo en mí una verdadera epifanía: el milagro de nuestra concepción.
Recuerdan la canción: ¿Cómo no creer en Dios? Si mi madre no fuera mi madre, yo no sería yo, sería otra persona. El mismo razonamiento hágase con mi padre. Así podríamos llegar a niveles donde nuestra existencia parecería de probabilidad imposible. Aquí se cumple aquello del “Efecto Mariposa”. ¿Eres capaz de imaginar hasta dónde eres una maravilla por el simple hecho de existir?
La carrera por la vida: un milagro en movimiento
Cuando estudiamos cómo comienza la vida humana, descubrimos que nuestra existencia misma es un triunfo improbable. Para que un óvulo fuera fecundado, tuvo que darse una carrera monumental entre más de 240 millones de posibilidades. Cada uno de nosotros fue el ganador de esa carrera. No fue suerte, fue una combinación de resistencia, determinación y éxito. La batalla para ser concebidos fue la primera gran victoria de nuestras vidas.
Pensar en esto me llena de una sensación indescriptible de respeto por la vida. Cada uno de nosotros es un campeón. Esa carrera inicial nos otorgó algo que a menudo olvidamos: un derecho natural a sentirnos valiosos, capaces y únicos.
Una reflexión sobre el respeto y la admiración por la vida
Sin embargo, ¿cuánto valor le damos a este milagro que somos? Nos quejamos, nos rendimos ante las dificultades y, muchas veces, nos dejamos consumir por trivialidades. Pero si reflexionamos sobre el hecho de que ya hemos superado lo aparentemente imposible para estar aquí, ¿no deberíamos enfrentar cada desafío con esa misma fuerza interior?
Cada ser humano merece respeto, admiración y reverencia. No porque alguien nos las otorgue, sino porque nuestra existencia es la prueba viviente de que somos triunfadores. ¿Qué mayor motivo necesitamos para vivir con propósito y determinación?
El llamado a vivir como campeones
Hoy, al recordar esta revelación, me invade cierta tristeza por no poder revivir exactamente aquella sensación de maravilla y respeto que experimenté en aquel momento. Pero lo que sí puedo hacer es compartir este mensaje: si ya has vencido en la carrera más importante de tu existencia, ¿por qué te rindes ahora?
Cada día que vives es una oportunidad para recordar quién eres y de dónde vienes. Eres el resultado de una proeza, un milagro de la naturaleza y del espíritu humano. Actuar con valor y determinación no es simplemente una opción; es la forma más auténtica de honrar ese milagro.
Una invitación a la reflexión y la acción
La próxima vez que enfrentes un obstáculo, piensa en tu origen. Recuerda que ninguna competencia olímpica, por grandiosa que parezca, se compara con lo que tú ya has logrado simplemente al existir. Vive cada día como el campeón que eres. Aférrate a esa verdad, porque cada instante de tu vida merece ser vivido con la intensidad, la pasión y el respeto que solo un ganador puede experimentar.
Así que, si estás aquí, es porque ya has vencido. ¿Qué excusa tienes para rendirte ahora? Levántate, actúa, vive con propósito. Porque la vida que tienes es el mayor premio que podrías haber ganado.
*Demian, Hermann Hesse.

