Postergar tareas es una conducta más común de lo que parece. Frases como “lo haré más tarde” o “esto puede esperar” forman parte del día a día de muchas personas. Sin embargo, este hábito suele traer consecuencias como entregas tardías, acumulación de pendientes y una sensación constante de desorden personal.
Diversos estudios indican que al menos una quinta parte de la población procrastina de forma habitual, lo que afecta su rendimiento y bienestar. Más allá de un simple problema de organización, los expertos señalan que este comportamiento puede revelar aspectos más profundos de la personalidad.
Nueve tipos de procrastinadores
El doctor Itamar Shatz, investigador vinculado a la Universidad de Cambridge, sostiene que identificar el tipo de procrastinador es clave para enfrentar el problema. Según su enfoque, existen nueve perfiles principales, y una misma persona puede presentar varios de ellos al mismo tiempo.
Entre los más comunes están los soñadores, que se enfocan excesivamente en el futuro, y los rebeldes, que posponen tareas como una forma de resistencia ante la falta de control. También aparecen los hedonistas, motivados por el placer inmediato, y los buscadores de emociones fuertes, que funcionan mejor bajo presión.
A estos se suman los inconstantes, que cambian de tarea constantemente; los preocupados y pesimistas, que anticipan resultados negativos; los perfeccionistas, que temen no cumplir estándares elevados; y las personas agotadas, que simplemente carecen de energía.
El psicólogo laboral Ian MacRae advierte que estas etiquetas deben entenderse como estados temporales. No se trata de rasgos fijos, sino de conductas que pueden cambiar según el contexto.
La raíz emocional del problema
La profesora Fuschia Sirois, experta en procrastinación de la Universidad de Durham, plantea que la causa principal no es la tarea en sí, sino las emociones asociadas a ella. En lugar de evitar el trabajo, las personas evitan sensaciones incómodas como el estrés, la ansiedad o la frustración.
Según sus investigaciones, el cerebro de quienes procrastinan muestra diferencias en áreas relacionadas con la regulación emocional. Cuando se percibe una amenaza, la amígdala se activa rápidamente, superando la respuesta de la corteza prefrontal, encargada del razonamiento.
Esto explica por qué, incluso sabiendo que una tarea no es tan difícil, muchas personas optan por evitarla.
Estrategias para dejar de procrastinar
Los especialistas coinciden en que superar la procrastinación requiere acciones concretas. El primer paso es identificar la emoción negativa que provoca la tarea y comprender su origen. Puede tratarse de miedo al fracaso, autocrítica o expectativas poco realistas.
Luego, es importante aplicar técnicas que ayuden a reducir la ansiedad, como la respiración consciente o la atención plena. Estas herramientas permiten recuperar el control emocional y facilitar la toma de decisiones.
Otra estrategia clave es dividir las tareas en pasos pequeños y manejables. Comenzar con logros simples genera impulso y reduce la sensación de carga. También resulta fundamental eliminar distracciones y crear un entorno favorable para la concentración.
Empezar es la clave
Aunque existen múltiples métodos, los expertos coinciden en un punto esencial: el mayor obstáculo es iniciar. La acción precede a la motivación, no al revés. Una vez que se da el primer paso, es más probable mantener el ritmo de trabajo.
Incluso, en algunos casos, la procrastinación puede tener un lado positivo. MacRae señala que ciertos problemas se resuelven por sí solos con el tiempo. No obstante, esto no aplica para tareas importantes o urgentes.
En definitiva, comprender el origen de la procrastinación y actuar de forma consciente permite transformar un hábito negativo en una oportunidad de crecimiento personal.
Fuente: BBC

