A primera hora, entre pasillos llenos y cestas repetidas, surge una tendencia inesperada.
Reino Unido.- A las 10:00 de la mañana, un 7-Eleven en Tokio se convierte en un inesperado punto de encuentro para viajeros. Decenas de turistas avanzan entre pasillos estrechos, con cestas casi calcadas: sándwiches de huevo y mayonesa, bollos de katsu curry, Kit Kats de matcha y latas humeantes de café Boss. La escena se renueva constantemente, marcada por la melodía que anuncia cada nueva entrada. Nadie está allí por necesidad; todos participan, sin disimulo, en una experiencia que forma parte del viaje.
Una tendencia que ya mide el turismo
El fenómeno tiene cifras. El informe de tendencias de Hilton para 2026 señala que el 77% de los viajeros disfruta visitar tiendas de alimentación en el extranjero. Además, Condé Nast Traveller sitúa el “turismo de supermercados” entre las principales corrientes del año. El sector responde: K-Supermarket, en Finlandia, registró sus tiendas como atracciones en Tripadvisor, con sucursales que incluyen colmenas en la azotea o selecciones destacadas de cervezas artesanales. Cada tienda refleja su comunidad, reforzando el atractivo local.
Autenticidad frente a lo prefabricado
Más allá de los circuitos turísticos, entrar a un supermercado ofrece una experiencia espontánea. No hay curaduría para visitantes ni sellos oficiales. En tiempos de museos con horarios rígidos y espacios diseñados para viralizarse, los pasillos de una tienda de barrio resultan inesperadamente genuinos.
Los monumentos cuentan el pasado; el supermercado revela el presente. Allí se descubre qué desayuna la gente, cómo se organizan los productos cotidianos y qué preferencias dominan la despensa. Durante unos minutos, turistas y locales comparten rutinas sin guion.
La ciencia detrás del sabor del viaje
El psicólogo experimental Charles Spence, de Oxford, explica el fenómeno con una versión de la “paradoja del vino rosado de Provenza”: aquello que sabe excepcional en vacaciones pierde intensidad en casa. El contexto moldea la percepción. Un snack probado bajo el sol o en una ciudad nueva incorpora atmósfera, emoción y novedad a su sabor.
Por eso, ese sándwich de Tokio o unas papas fritas desconocidas en otro país adquieren un carácter casi mítico. No se juzgan solo por su gusto, sino por la experiencia completa que los rodea.
Experiencia accesible y participativa
A diferencia de experiencias exclusivas, el supermercado es democrático. Con unos US$10, cualquiera puede llenar una cesta con productos locales, bebidas curiosas e ingredientes inéditos. No hay recorrido prediseñado: cada visitante construye su propia vivencia.
Para la psicóloga del consumidor Kate Nightingale, esta práctica refleja un cambio profundo. Los viajeros buscan momentos auténticos, participativos y accesibles. Ya no basta con observar un destino; quieren sentirse parte de él, aunque sea entre estanterías y cajas registradoras.
Fuente: BBC

