El privilegio de no tener miedo al pagar
Una noche, después de una clase en la universidad, varios compañeros y yo decidimos ir comer pizza. Era un plan sencillo: compartir una comida, conversar un rato y pasarla bien después de clases.
Pero mientras hacíamos el pedido, noté algo que, en principio, parecía insignificante. Tres de nuestros compañeros comenzaron a mostrar preocupación. Cuando llegó el momento de hablar del pago, se les notaba cierta tensión, como si estuvieran calculando mentalmente cuánto podían gastar y qué significaría ese gasto para ellos.
Mientras tanto, otro compañero y yo estábamos tranquilos. Sabíamos que teníamos con qué pagar nuestra parte.
La escena duró apenas unos minutos, pero me dejó pensando durante mucho más tiempo.
A veces creemos que los privilegios son únicamente las cosas grandes: viajar, tener un carro, vivir en una casa bonita o poder comprar lo que queremos. Sin embargo, esa noche entendí que existe otro tipo de privilegio, uno mucho más silencioso: el privilegio de no tener miedo de no poder pagar algo básico.
Poder sentarnos en un lugar, pedir comida y disfrutarla sin calcular constantemente cuánto dinero queda en nuestra cuenta también es una forma de tranquilidad. Y, precisamente porque tenemos esa tranquilidad, podemos llegar a olvidar que para otras personas un gasto que nosotros consideramos pequeño puede representar una decisión difícil.
No todos partimos desde el mismo lugar. Hay quienes viven haciendo malabares con su dinero para cubrir transporte, comida, estudios, medicamentos, alquiler y otras necesidades básicas. Para algunos, unos cuantos cientos de pesos no son simplemente “unos cuantos pesos”; pueden ser la diferencia entre llegar tranquilos al final de la semana o tener que sacrificar otra necesidad.
Aquella pizza me recordó que muchas veces damos por sentado cosas que en realidad son privilegios.
Tal vez deberíamos agradecer más las veces que podemos pagar sin miedo, comer sin preocuparnos y resolver nuestras necesidades básicas sin preguntarnos qué tendremos que dejar de hacer después.
Y, sobre todo, deberíamos aprender a mirar con más empatía a quienes no tienen esa misma tranquilidad.
Porque quizá uno de los mayores privilegios no sea tener mucho, sino poder vivir sin el miedo constante de que mañana no alcance.

