Cosas terribles están pasando afuera

Redacción: Por la Línea
Una habitación propia 

En este artículo titulado «Cosas terribles están pasando afuera«, Eduardo Jorge Prats denuncia la creciente persecución de inmigrantes, comparándola con tragedias históricas como la que vivió Ana Frank. El autor advierte sobre los riesgos de repetir el pasado cuando se normaliza la exclusión y se despoja de derechos a los más vulnerables.

Por : Eduardo Jorge Prats

El 13 de febrero de 1943 Anna Frank escribía en su diario la siguiente entrada: “Cosas terribles están pasando afuera. A cualquier hora del día o de la noche, a gente pobre e indefensa la sacan de sus casas a la fuerza. Solo les permiten llevar una mochila y un poco de dinero, y aun así, les roban todo en el camino. Las familias resultan destrozadas; hombres, mujeres y niños son separados. Los niños llegan a casa de la escuela y encuentran que sus padres han desaparecido. Las mujeres vuelven de las compras y encuentran sus casas selladas, sus familias desaparecidas”.

Hoy, 82 años después, desde Los Ángeles en California hasta el Hoyo de Friusa en Bávaro-Punta Cana, los inmigrantes resultan ilegalmente cazados, encarcelados, expropiados, extorsionados, maltratados y deportados, en violación al debido proceso y las normas migratorias.

Como bien advierte Pablo Mella, hoy el inmigrante es, en palabras de Giorgio Agamben, “homo sacer», es decir, persona que puede “ser eliminada sin consecuencias”, “vida despojada de todo valor político, reducida a su mera existencia biológica”, «’vida desnuda’ sin atributos humanos, excluida de la comunidad política y sus derechos”, que puede ser marginado y eliminado por el Estado sin consecuencias legales.

Paradójicamente, como indica Mella, con relación a los indios, “hace más de cinco siglos, en esta misma isla, fray Antón de Montesinos lanzó aquel sermón profético que sacudió conciencias: ‘¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?”.

Si, como señala Hegel, la historia se repite y, como corrige Marx, primero como tragedia y después como farsa, a su vez enmendado por Marcuse en cuanto a que la farsa es más terrorífica que la tragedia original, o, si se quiere y como diría Mark Twain, “la historia no se repite, pero rima”, tendrá razón Siegmund Ginzberg en su obra Síndrome 1933.

Según Ginzberg, para los nazis, “el judío es un extranjero, un inmigrado. Los migrantes son delincuentes. Por tanto, los judíos son delincuentes. Todos los judíos son criminales. Este silogismo condujo al exterminio. En la actualidad, basta con sustituir ‘judíos’ por ‘migrantes ilegales’, o simplemente ‘migrantes’, indeseables por definición”.

Todo autoritarismo comienza atacando a los más vulnerables para luego ir tras los demás. Como bien afirma Martin Niemöller, “primero vinieron por los comunistas y no dije nada porque no era comunista. Luego vinieron por los socialistas y no dije nada. porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada, porque no era sindicalista. Luego vinieron por judíos y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí y no quedaba nadie que dijera nada por mí”.

En fin, llegados aquí solo apuntamos que en un estado de derecho y en los recios tiempos oscuros que vivimos, solo nos queda conjugar los derechos en primera persona y, como afirma el Papa León XIV, “favorecer, contextos en los que se tutele la dignidad de cada persona, especialmente de aquellas más frágiles e indefensas, desde el niño por nacer hasta el anciano, desde el enfermo al desocupado, sean estos ciudadanos o inmigrantes”, ya que “cada uno de nosotros, en el curso de la vida, se puede encontrar sano o enfermo, ocupado o desocupado, en su patria o en tierra extranjera”.

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