La historia reciente del sector cafetero dominicano está marcada por un antes y un después: la llegada de la roya del café alrededor de 2010. Esta enfermedad devastó plantaciones enteras, obligando a eliminar cientos de hectáreas vulnerables y provocando una de las peores crisis productivas en décadas.
Antes del brote, República Dominicana había logrado un posicionamiento relevante en mercados internacionales, con orígenes destacados como Polo, en Barahona, y el Cibao. Las exportaciones alcanzaban entre 100,000 y 200,000 quintales, con una producción que superaba el millón de quintales en sus mejores años.
Sin embargo, factores como plantaciones envejecidas, fenómenos climáticos extremos —incluido el impacto del Huracán Georges— y la caída de los precios internacionales por debajo de los US$ 40 por quintal debilitaron la rentabilidad del cultivo.
Un panorama tétrico
Con la expansión de la roya, el panorama se tornó crítico. En cuestión de semanas, las plantaciones comenzaron a perder hojas y productividad. La respuesta implicó una reconversión varietal profunda, con semillas y materiales genéticos provenientes de Colombia, Costa Rica y Brasil, acompañados de programas de capacitación y asistencia técnica.
El proceso no fue inmediato. Tras alcanzar mínimos históricos entre 2015 y 2016, la recuperación sigue avanzando de manera progresiva. Hoy el país vuelve a superar los 200,000 quintales y se aproxima a los 300,000, evidenciando el impacto positivo de la renovación de plantaciones y modernización productiva.
La lección ha sido contundente: la sostenibilidad del café dominicano depende de una respuesta técnica oportuna, inversión constante y articulación público-privada para enfrentar amenazas sanitarias y fluctuaciones del mercado global.
Fuente: KA.

