El protagonista de esta historia, William Montero, es un ejemplo de dedicación, conocimiento y compromiso
Por Néstor Estévez*
La experiencia comienza en su casa, en La Navaja, comunidad cercana a El Cercado, en la provincia de San Juan. Con el café y las atenciones de su mujer, mientras coordinamos la hora de partida y otros detalles, nuestro equipo va comprobando la calidad humana de esta familia. Aunque William no esté, la vocación para servir, acoger y apoyar sobresale como marca familiar. Eso lo convierte en el guía ideal para ir a la Sabana del Silencio.
William nació el Día de San Antonio, hace 56 años. Eso motivó que lo declararan con el nombre de ese santo. Pero quien llegue a La Navaja buscando a Antonio Montero, posiblemente tenga que devolverse sin encontrarlo.
El conocimiento profundo que William tiene de la zona, su dedicación inquebrantable y sus innumerables vivencias lo convierten en una figura emblemática, un guardián que protege no solo el entorno natural, sino también la paz y la tranquilidad que caracterizan a la Sierra de Neyba. Desde que tenía 8 o 9 años, William ha caminado por estos senderos, primero acompañando y ayudando a su padre en el trabajo de la agricultura, y luego, desde mayo de 2007, como guardaparques y guía. Su historia se entrelaza con la misma historia de la Sabana, un vínculo indisoluble forjado a través de décadas de experiencia.
La Sabana del Silencio
La Sabana del Silencio está en la Sierra de Neyba, una extensa cadena de montañas singulares que incluye elevaciones con hasta 2,176 metros sobre el nivel del mar. Esta sierra alberga un ecosistema de incalculable valor científico. De sus drenajes naturales parten escorrentías que alimentan 138 ríos, arroyos y cañadas, afluentes de los ríos Artibonito, San Juan y Yaque del Sur, además de la Hoya del Lago Enriquillo. Eso motivó que la Sierra de Neyba se declarara parque nacional mediante el decreto 221-95, junto al Parque Nacional Nalga de Maco y el Monumento Natural Las Caobas.
Con esa decisión también cambió la relación de William con el lugar. Por eso, mientras orienta y comenta, dedica tiempo para extrañar la lozanía de aquellas plantaciones de su padre en la zona. Su conocimiento del terreno es excepcional. Este hombre conoce cada recoveco, cada sendero, cada detalle del camino, un trayecto que puede llegar a ser de 4 o 5 kilómetros, dependiendo de la ruta.
Asunto de experiencia
Su experiencia le permite guiar a los visitantes con seguridad, incluso a quienes no están acostumbrados al terreno montañoso. Por eso recomienda el uso de bastones para evitar resbalones, así como calzado adecuado, con buen agarre, especialmente en épocas de lluvia. Su conocimiento se extiende más allá de la simple geografía. Él conoce la flora y la fauna, incluyendo hasta la ubicación de los panales de avispas, con la debida advertencia a sus acompañantes.

Las vivencias de William en la Sabana del Silencio son tan ricas y diversas como la propia naturaleza que la rodea. Él recuerda haber pasado noches enteras en la sabana, incluso hasta cuatro días seguidos, acompañando a grupos de visitantes. Ha presenciado la belleza de la naturaleza en su estado más puro, el canto de los pájaros, la tranquilidad que impregna el lugar, un silencio solo interrumpido por el sonido de los jilgueros. Pero también ha enfrentado las dificultades del terreno, el frío intenso que puede llegar a congelar la hierba, incluso las granizadas que algunas veces ocurren en la zona. Su experiencia le ha enseñado a valorar la importancia de la preparación, aconsejando a los visitantes llevar abrigo, sombrero y suficiente agua, y –lógicamente- alimentos.
El compromiso de William Montero
El compromiso con su trabajo trasciende el oficio. William asume una gran responsabilidad al guiar a los visitantes, procurando su seguridad y bienestar. Se considera responsable de cada persona a su cargo, hasta el punto de que se queda hasta que la última logre llegar, sin importar el tiempo que para ello necesite. Con alguna gente pasa que, cuando va bajando “se aflojan las rodillas”, explica. En esa y en otras situaciones, actúa con profundo sentido de responsabilidad y en correspondencia con la confianza que la gente deposita en él.
William no solo guía a los visitantes, sino que también protege la Sabana del Silencio. Conoce las reglas y las recomendaciones para preservar el entorno, incluyendo la prohibición de encender fuego, molestar a las aves, o escuchar música alta. Explica la importancia de llevarse la basura, enfatizando que «si u’te’ se come una menta debe echarse el papelito en su bolsillo». Su conocimiento de las normas y su compromiso con su cumplimiento son esenciales para mantener la integridad de este espacio natural. Su labor va más allá de la simple guía turística; es un defensor del medio ambiente, un protector de la tranquilidad y un exponente de la belleza de la zona.
William y la sabana
Su vida personal también está ligada a la Sabana del Silencio. Tiene su familia en La Navaja. Combina su trabajo como guardaparques y guía con la agricultura y la crianza de animales, lo que demuestra su conexión con la tierra y su capacidad para adaptarse a diferentes roles. Su vida es un testimonio de resiliencia y de capacidad para equilibrar responsabilidades personales y laborales.
William Montero es un ejemplo de dedicación, conocimiento y compromiso. Es un guardián del silencio, un conocedor del camino, un protector de la naturaleza y un ejemplo de cómo la pasión por el trabajo hace evidente la vocación. Su legado trasciende su labor como guardaparques y guía: la suya es la historia de un hombre dedicado a preservar y mostrar con orgullo un pedazo de paraíso. William Montero es el rostro humano de la Sabana del Silencio.
*Este reportaje fue publicado antes en El Caribe.

