El novelista peruano Mario Vargas Llosa falleció este domingo en Lima, según informaron sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana a través de un comunicado, sin ofrecer más detalles sobre la enfermedad grave que lo aquejaba desde 2019. Nacido en Arequipa el 28 de marzo de 1936, el premio Nobel de Literatura en 2010 había cumplido recientemente 89 años.
Autor de obras fundamentales como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo, Vargas Llosa fue una de las voces más influyentes y reconocidas de la literatura contemporánea en cualquier idioma.
Novelista, ensayista, polemista, articulista y académico, deja tras de sí una obra vasta y una trayectoria intelectual que marcó el pensamiento de varias generaciones. Fue, en muchos sentidos, un intelectual de la vieja escuela, formado antes del auge de las redes sociales y el ruido digital.
“Su partida entristecerá a sus parientes, amigos y lectores, pero esperamos que encuentren consuelo, como nosotros, en el hecho de que gozó de una vida larga, múltiple y fructífera, y deja una obra que lo sobrevivirá. En las próximas horas y días procederemos conforme a sus instrucciones”, señala el comunicado de sus hijos. “No se celebrará ninguna ceremonia pública. Nuestra madre, nuestros hijos y nosotros mismos confiamos en tener el espacio y la privacidad para despedirlo en familia y con amigos cercanos. Sus restos, como era su deseo, serán incinerados”, agregaron.
En octubre de 2023 publicó su última novela, Le dedico mi silencio, que concluyó con un colofón en el que anunciaba su despedida definitiva de la ficción. Apenas dos meses después, cerró también su etapa como columnista con la renuncia a Piedra de Toque, tribuna que mantuvo quincenalmente en El País desde 1990.
En esos artículos, al igual que en muchos de sus ensayos, se manifestaba ese Vargas Llosa progresista en lo moral pero neoliberal en lo económico, una dualidad que desconcertaba e incluso irritaba a algunos de sus más fervientes admiradores.
Durante años, se atribuyó su tardía elección como Nobel a su ideología política conservadora, en contraste con el sesgo progresista atribuido a la Academia Sueca. Finalmente, en 2010, cuando ya parecía fuera de las apuestas, recibió la noticia en Nueva York —donde fungía como profesor invitado en Princeton— de que había sido galardonado. El jurado justificó su decisión “por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”. Tenía entonces 74 años y acababa de concluir El sueño del celta, una novela sobre el brutal colonialismo vinculado a la industria del caucho.
Desde su debut con Los jefes en 1959, Vargas Llosa no dejó de escribir. Para encontrar una de sus obras mayores en el momento del Nobel, había que remontarse a La fiesta del Chivo (2000), su monumental retrato sobre la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Con ella se sumó a la tradición de autores latinoamericanos que retrataron el autoritarismo en la región, como Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca), Miguel Ángel Asturias (El señor presidente) o Augusto Roa Bastos (Yo, el Supremo).
Fue una figura clave del “Boom” latinoamericano, movimiento que catapultó la literatura de la región al reconocimiento global. En 1963, con apenas 27 años, ganó el premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, inspirada en su paso por el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima, al que lo envió su padre en un intento de alejarlo del entorno materno.
Su conflictiva relación con este —a quien creyó muerto durante años— marcó profundamente su vida y obra. No en vano, eligió ese momento traumático para abrir sus memorias, El pez en el agua (1993), donde alterna su frustrada carrera política con el relato de su formación literaria.
Instalado en Londres en los años sesenta, logró dedicarse plenamente a la escritura gracias a su agente, Carmen Balcells, quien le ofreció un anticipo por los derechos de Conversación en La Catedral a cambio de que se mudara a Barcelona. Allí coincidió con Gabriel García Márquez, con quien mantuvo una estrecha amistad rota abruptamente tras un episodio nunca aclarado que terminó con un célebre puñetazo.
Lima, Madrid, París, Londres y Barcelona fueron los escenarios vitales de un escritor que se ganó con justicia la etiqueta de universal. Si su maestro literario fue Gustave Flaubert —de quien aprendió que el esfuerzo puede suplir al talento—, su primer faro ideológico fue Jean-Paul Sartre, a quien admiró profundamente en su juventud, al punto de ganarse el apodo de “el sartrecillo valiente”.
Con el tiempo, sin embargo, rompió con sus ideales de izquierda, especialmente tras el caso Padilla en Cuba en 1971, y abrazó un liberalismo político influido por Karl Popper, Isaiah Berlin y Raymond Aron, que derivó en simpatías por el neoliberalismo económico de figuras como Margaret Thatcher.
La muerte sorprende a Vargas Llosa inmerso en la escritura de un ensayo sobre su propia obra, el que habría sido su último proyecto literario. Con su partida se apaga una voz indispensable de la literatura y del pensamiento contemporáneo, pero su legado —rico, provocador, deslumbrante— perdurará por generaciones.

