Por Néstor Estévez
La jornada comienza en La Navaja, una pequeña comunidad enclavada en la provincia de San Juan, a escasa distancia del caso urbano de El Cercado. Allí, entre el aroma del café recién colado y la calidez de un recibimiento familiar, se percibe el carácter generoso de quienes habitan el lugar.
Aunque William Montero no esté presente en ese momento, su espíritu se siente en cada gesto de hospitalidad de sus familiares. Esa presencia invisible pero firme anticipa lo que significa caminar junto a él hacia la Sabana del Silencio.

William, conocido por muchos como guía, nació un 13 de junio y lleva consigo el nombre del santo del día: Antonio. Sin embargo, encontrarlo por ese nombre es una tarea difícil; quienes lo conocen saben que es William el nombre que importa.
Su historia se entrelaza con la zona desde la niñez. A los 8 años ya caminaba esos senderos, acompañando a su padre entre cultivos y montañas. Hoy, con más de cinco décadas de vida y una vocación inquebrantable, se ha convertido en una figura imprescindible en la Sierra de Neyba.
Con la declaración de la zona como parque nacional, su papel cambió. De agricultor pasó a defensor. Su conocimiento no solo es geográfico: sabe dónde brotan los ríos, dónde hay avispas, dónde la neblina suele ser más intensa y frecuente. Recomienda con firmeza el calzado adecuado, el bastón que se vuelve necesario, el abrigo justo y que proteja. Cada consejo suyo está fundado en sus años de experiencia.
Más que guía, William es custodio. Vigila, protege y comparte. Su compromiso va más allá del deber: se queda hasta el final, hasta que el último visitante haya descendido. Se responsabiliza de todos como si fueran suyos. En cada paso, en cada silencio, se manifiesta su respeto por la naturaleza. Porque la Sabana del Silencio no es solo un lugar: es su casa, su historia, su orgullo.

