En su artículo de esta semana, este inquieto escritor comparte un vehemente llamamiento para cargar de humanidad las acciones de educación y desarrollo social
Por Antonio Villar
Es sumamente difícil e incómodo abordar este tema, pero es necesario. La sociedad parece estar cayendo en un rumbo del cual no quiere salir. Existen formas no tan complicadas para mitigar muchos de los males sociales que hoy afectan especialmente a nuestro país. He observado cómo, a nivel de prensa y cultura, se plantea la necesidad de exponer a los niños a la ciencia, y es cierto. Sin embargo, ¿de qué ha servido formar grandes multitudes de científicos y expertos con extraordinarias cantidades de másteres y doctorados si la degeneración de las instituciones en las que sirven no se mitiga?
A los niños, jóvenes y adultos es necesario exponerlos a esfuerzos donde, en iglesias, clubes, partidos políticos, grupos deportivos y escuelas, se esfuercen por multiplicar el acto de sonreír, agradecer, colaborar e interesarse en los demás. La repetición de hábitos sencillos nos educará para que esos hábitos se conviertan en cultura organizacional y grupal, y dejemos de teorizar tanto sobre la necesidad de mostrar niveles de civilización entre nosotros.
Cosas sencillas
Si los jóvenes fueran entrenados desde niños en cosas tan sencillas como aprender a nadar, primeros auxilios y otros entrenamientos de supervivencia, es posible que la sociedad pudiera sentir significativamente el impacto de estos niños y jóvenes entrenándose para construir un futuro más favorable para ellos y, por lo tanto, un presente más agradable para nosotros. En un tiempo existieron los Boy Scouts, y difícilmente se puede contar que un niño o un joven que se desarrollara entre ellos culminaran en acciones cuestionables, delincuencia, drogas, alcoholismo, y demás. No estoy diciendo que se resuciten los Boy Scouts como lo fueron hace 30 o 40 años, pero es una experiencia digna de ser estudiada porque los jóvenes podrían ser protagonistas de la creación del mundo en el que necesitan vivir en pocos años, e incluso en el presente.
He pasado por diferentes organizaciones, partidos políticos, grupos filosóficos y supuestamente intelectuales, y una de las características que he observado es cuánto se habla, pero a la hora de despedirse, prácticamente se dan la espalda e incluso muchos ni siquiera se despiden. Qué poco frecuente es el saludo. Conocí a un sacerdote que me impactó, fray Augusto, un monje capuchino del Brasil, que cuando se llegaba a sus misas, estaba en la puerta recibiendo a la feligresía, y cuando se iban, estaba en la puerta despidiéndolos. Es difícil olvidar esa amabilidad.
Los casos de Japón y Suecia
En otros escritos he hecho referencia a la situación de países como Japón y Suecia, donde las personas están tan solas y aisladas que se les encuentra ya fallecidas solo cuando el mal olor denuncia su muerte. Se habla del desarrollo social, económico y cultural de estos países, pero ¿de qué les sirve a los suecos no depender de los hijos o los padres, si al final se rompe el vínculo entre las personas y el aislamiento se convierte en algo mortal? En Japón, hay empresas dedicadas a limpiar casas donde se encuentran cadáveres putrefactos de personas que duran hasta años sin ser descubiertas.
Humanidad en la educación
Saludar, sonreír y ejercitar la cortesía, ¿es tan difícil? Un niño o joven inspirado en una escuela puede llegar a ser autodidacta, y en tal caso, el profesor podría servir de facilitador y orientador. Niños y jóvenes no inspirados, no importa cuántas maestrías y doctorados tengan sus profesores, pueden pasar sus materias con notas sobresalientes, pero al final, eso no les sirve de nada. He observado miles de casos, pero el peor ejemplo es personal: yo sacaba 100 en gramática en el bachillerato, y sin embargo, hoy necesito correctores de estilo para asegurarme de que he puesto las comas y otras puntuaciones en su lugar adecuado.
Cuando cursaba mis primeros semestres de ingeniería, me tocó ser profesor de niños de 8, 9 y 10 años en la primaria. Varios de ellos se sintieron tan motivados que al final pasaron de cuarto a sexto curso por su nivel en gramática y matemáticas. Cito esto no para arrojar plumas sobre mi prestigio, sino para mostrar que, cuando se crean vínculos y conexiones con los niños y jóvenes, se logran objetivos altamente deseables en el trato social, el crecimiento y el comportamiento humano.
Caso maravilloso en educación
A pesar de mi edad, sigo maravillado por la capacidad de asombro. He quedado impresionado al conocer la historia del «Pequeño Ángel de Colombia». Allí, un niño que hoy es geriatra atiende a los envejecientes junto con la educación de niños y jóvenes, mostrando que estos pueden ser sensibilizados para aprender de los ancianos y mitigar su soledad. Es hermoso ver cómo niños y jóvenes se sienten felices acompañando y dando la mano a personas en situación vulnerable.
Lo más importante es que, así como los niños pueden ser expuestos a la ciencia, también deberían ser expuestos a ambientes y repeticiones de acciones que les permitan, el día que sean científicos y expertos, actuar con humanidad y encontrarle sentido a la vida, siendo sal de la tierra y luz del mundo.

