El silencio de la escoba

Redacción: Por la Línea
El silencio de la escoba

En El silencio de la escoba, el autor comparte episodios de una familia clave para entender la identidad sabanetera

Por Ambiorix Popoter

Cundo, Cundo, levántate ya, debemos ir a barrer, buen vago, ahí estas como siempre borracho. Secundino, suponemos que era su nombre real, le responde, ya estas tu Suco con tus cosas, quien va a barrer, yo me voy a juntar con mis amigos. Si no te levantas, no   te voy a dar del moro que me dieron ayer. Ah tu Suco, dale ese moro a Cadeca que yo voy a beber ron.

Todo esto sucedía en una pequeña choza muy cerca del rio Yaguajay, que ellos llamaban casa. Ahí vivían con su madre. En un barrio polvoriento y caluroso de su pueblo. Enclavados en el centro de la Línea Noroeste vivían Suco y Cundo, dos hermanos a quienes el pueblo llamaba locos y que vivían su propia vida, sin control y sin el prejuicio de las normas sociales, impuesta por esa condición de salud con que fueron ambos agraciados por la vida.  Suco, de quien nadie sabía su nombre de pila, era pequeño, rechoncho y sudoroso, barría las calles desde el amanecer con una escoba gastada.

Lo hacía para ganarse unos pesos en el ayuntamiento, “su empleo”, realmente una ayuda que le daba el municipio para que se sostuvieran, consistía en salir a barrer las calles, aceras y contenes, pero sobre todo para llevar pan, plátanos y arroz a su madre anciana, que lo esperaba en la casa de madera. Cundo, en cambio, igual de enajenado, pequeño y débil, debía barrer con su hermano, pero mayormente pasaba los días, hundido en el consumo de ron barato, o cualquier bebida alcohólica que recogiera por las calles.

Suco, escoba en mano, macuto al hombro y eterna gorra en la cabeza, con sus pantalones arremangados a media rodilla, además de su empleo de barrer, hacía los más disimiles trabajos que les asignaban las señoras de cualquier barrio, trabajo que hacía con gusto porque sabía que llevaría comida a la casa.

Estos trabajos los hacía con una seriedad que muchos envidiaban, porque aquel trabajo no era solo suyo: era para su madre, a quien amaba con un fervor inocente, y para Cundo, su hermano menor, perdido en la embriaguez y la vagancia.

La madre, anciana y callada, vivía entre ambos como un faro en ruinas: todavía iluminaba, aunque ya no podía sostenerse. Suco la cuidaba con devoción infantil. Le hablaba bajito al regresar del trabajo, le contaba qué vecinos le habían dado una moneda o comida, qué plátanos había conseguido más baratos en el mercado. Ella lo escuchaba en silencio, acariciándole el cabello enredado, con esa ternura que solo tienen las madres que saben que su hijo, aunque grande, seguirá siendo siempre un niño.

Suco, a pesar de su fama de orate, era querido por todos. Le fascinaba llevar a la casa la cabeza de una vaca, que conseguía en el mercado del pueblo y que le proporcionaría comida por varios días. Cundo, en cambio, gastaba lo poco que caía en sus manos en ron y dormía las borracheras con frecuencia en la pequeña casa que tenían.

Las crisis de Suco eran conocidas. Sus rabietas eran todo un acontecimiento, principalmente contra el capataz jefe de las brigadas del ayuntamiento, a quien Suco acusaba de lo que acordara en el momento, solo había que preguntarle y el pobre estallaba con las más diversas malas palabras que se les puedan ocurrir a una persona de su capacidad y condición de salud.  A veces, cuando alguien se burlaba de él en la calle, se transformaba: los ojos se le encendían y los puños se le iban contra cualquiera que lo provocara. Las palabrotas de todo tono salían en hileras y con ellas su rabia se encendía, parecía que le daría un infarto al corazón.  Luego, cuando el arrebato pasaba, se quedaba sentado bajo la sombra de un árbol o recostado en una pared, respirando agitado, con lágrimas escondidas en el sudor de su frente.

Una tarde, al volver de barrer, Suco encontró la casa en un silencio extraño. Su madre yacía en la cama, inmóvil, con la mirada perdida en el techo. Él se sentó a su lado y le habló como siempre: que si quería un poco de agua, que si había sentido mucho calor. Ella no respondió. Suco pensó que dormía. Nadie en el barrio los interrumpió al principio. Estaban acostumbrados a la rareza de los dos hermanos.

Pasaron dos, quizá tres días. El calor apretaba, los vecinos se preguntaban por qué no la veían en el patio, pero nadie se atrevía a entrar. Suco y Cundo seguían allí, cuidando el cuerpo con la naturalidad de quienes no entienden la frontera de la muerte. Solo cuando el aire se llenó de un olor amargo, el pueblo supo la verdad.

Los vecinos llegaron con, llantos y oraciones. Suco miraba confundido, como si le arrebataran algo que todavía estaba presente. Cundo, tambaleante por el alcohol, apenas alcanzó a decir que su madre descansaba.

El entierro fue rápido, bajo un sol implacable. Al regresar, Suco tomó la escoba y salió a barrer de nuevo, como si ese gesto pudiera mantener unida la vida que se le desmoronaba. Nadie volvió a burlarse de él en mucho tiempo.

De regreso, la vida siguió como antes y como nunca. Cundo volvió a la bebida, aunque más apagado. Suco, en cambio, salió a barrer las calles al día siguiente, como si en cada golpe de escoba pudiera ahuyentar el vacío. Lo miraban diferente: ya no como al loco inofensivo, sino como a un hombre atravesado por un dolor sin palabras.

Desde entonces, cuando alguien lo encontraba en las calles, sudoroso bajo el sol, recordaba a la madre muerta en aquella casita, y comprendía que Suco, dentro de su extravío, sabía más del amor y de la lealtad que muchos cuerdos que lo miraban con lástima.

El polvo del pueblo volvió a levantarse cada mañana, pero nadie olvidó el silencio que quedó en la casa de los tres.

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