Esta colaboradora destaca que el descuido, la negligencia y el ahorro mal gestionado generan tragedias evitables.
La tragedia del Jet Set, además de conmocionar al país, deja una profunda reflexión sobre cómo el descuido y la mala gestión pueden tener consecuencias fatales. Más allá del dolor, este hecho desnuda las fallas estructurales que aún persisten en la administración de muchos negocios e instituciones, públicas y privadas.
No tenemos evidencias concretas de las causas, pero las propias declaraciones del propietario dejan entrever la falta de planificación. En su única entrevista tras la tragedia, admitió que los arreglos del local eran realizados por empleados sin formación en construcción. Es decir, se optaba por «parches», y soluciones improvisadas, es lo que inferimos partiendo de las revelaciones del señor Espaillat.
Una oportuna “inspección” técnica, tanto interna como externa, quizás habría marcado la diferencia.
Quienes trabajamos en instituciones sabemos que muchas veces las decisiones administrativas se guían por una lógica de “ahorro” mal entendido. Cuando desde el Estado, para poner un ejemplo, se declara austeridad sin planes claros, lo primero que se recorta son los presupuestos de áreas sensibles: mantenimiento, transporte, seguridad, bienestar del personal. Lo mismo ocurre en el sector privado.
En muchas entidades, un solo chofer cubre largas rutas entre provincias distantes, como Dajabón e Higüey, sin descansar adecuadamente, con vehículos deteriorados y sin garantías mínimas. El responsable del área se jacta de estar “ahorrándole al gobierno”, mientras pone en riesgo vidas humanas.
Esa cultura del ahorro mal gestionado, no solo es irresponsable, sino peligrosa. La tragedia del Jet Set no es un caso aislado. En 2016, un hecho estremeció al mundo del deporte, el accidente aéreo del equipo brasileño Chapucéense, que viajaba rumbo a Colombia para disputar la final de la Copa Sudamericana.
El vuelo 2933, operado por la aerolínea boliviana LaMia, se estrelló cerca de Medellín. Murieron 71 personas, entre ellas jugadores, cuerpo técnico, periodistas y la tripulación. Sólo seis sobrevivieron. La investigación concluyó que el accidente fue causado por falta de combustible, debido a que la empresa, acostumbrada a operar al límite, omitió una parada técnica para reabastecerse, todo para ahorrar costos.
El piloto, quien además era socio de la aerolínea, no reportó la emergencia a tiempo, mantuvo un plan de vuelo irreal. El avión volaba sin combustible ni propulsión. El resultado: una tragedia evitable provocada por una cadena de decisiones negligentes. (según datos del programa de YouTube “Crimen Aéreo” y de otras fuentes).
Esta historia nos recuerda que el “ahorro” sin criterio puede salir muy caro. Lo vemos en instituciones que descuidan el mantenimiento de infraestructuras, optan por reparaciones improvisadas, y minimizan los riesgos con tal de reducir gastos. Poco a poco, los problemas se acumulan hasta que colapsan.
Pasa con el recurso humano. A menudo, los empleados trabajan en condiciones inadecuadas, sin espacios seguros ni saludables, sin acceso a mecanismos efectivos de prevención, supervisión ni apoyo. Se prioriza la productividad por encima del bienestar.
Está más que demostrado que la negligencia, el descuido y la ambición desmedida son factores de alto riesgo. Las tragedias dejan además de laceraciones, dolorosas reflexiones, que casi nunca llaman a la acción.

