Carta abierta a Nuestro Señor Jesucristo

Redacción: Por la Línea
Carta abierta a Nuestro Señor Jesucristo

Este educador y comunicador escribe a Jesucristo en nombre de las víctimas, en nombre de la justicia verdadera, en nombre de la verdad

Por Expedito Zapata

Amado Señor Jesús,

Hoy me dirijo a ti con el alma herida y la conciencia encendida por una indignación que no puedo callar.

No vengo a reclamarte, Señor, porque sé que Tú no eres responsable del mal que cometen los hombres. Vengo a suplicarte que no apartes tu mirada de lo que está ocurriendo en esta tierra que también es tuya: San Ignacio de Sabaneta.

Aquí, una vez más, la justicia humana ha fallado. El tristemente célebre «Padre Alejandro», acusado de múltiples violaciones sexuales contra niñas mientras servía como párroco en Villa Los Almácigos, ha sido prácticamente dejado en libertad por las autoridades judiciales de nuestra provincia, con la complicidad de sectores de la misma Iglesia que lo cobijó y lo protegió durante décadas.

Tú sabes, Señor, que estos crímenes no fueron desconocidos por sus superiores. Hace más de veinte años que sabían de su conducta depredadora, y en lugar de actuar con firmeza y verdad, lo trasladaron, lo encubrieron y lo escondieron, como si mover al lobo fuera suficiente para proteger a las ovejas.

Y ahora, en lugar de mostrar arrepentimiento o acompañamiento sincero a las víctimas, sectores de nuestra Iglesia han vuelto a lo mismo: convocar a sus hordas de seudos-cristianos para clamar en tu nombre no por justicia… sino por impunidad.  Han tomado tu Evangelio y lo han retorcido para convertirlo en escudo del agresor, mientras el llanto de las víctimas sigue siendo ignorado. Claman en alta voz: «¡No toquen al ungido!», pero olvidan que este ha destruido muchas vidas inocentes.

Pero hay algo aún más doloroso, Señor:

Los espacios que deberían ser templos de reflexión, oración y arrepentimiento, hoy en Mao, Monción y Sabaneta, están siendo utilizados como refugios para proteger a criminales como el Padre Alejandro.

Casas que llevan tu nombre, que deberían servir para sanar, consolar y transformar, han sido convertidas en escondites donde se cuida al agresor y se silencia al agredido. ¡Qué contradicción tan atroz! ¿Cómo puede ser que el templo donde se predica el amor sea usado para encubrir el crimen?

Señor, ¿hasta cuándo permitiremos que tu nombre sea utilizado para blindar el pecado y silenciar la verdad? ¿Hasta cuándo veremos a la justicia arrodillarse ante sotanas que deberían representar santidad, pero encubren la ignominia?

Ya es una tradición perversa en nuestra provincia que cada vez que un miembro del clero incurre en delitos de esta magnitud, las estructuras de poder —tanto religiosas como judiciales— cierran filas para protegerlo. Y en ese pacto de silencio, las víctimas son abandonadas, burladas y revictimizadas.

Por eso te ruego, con el corazón en la mano:

Intervén, Señor.

Pon tu mano sobre esta tierra herida.

Despierta las conciencias dormidas.

Rompe el silencio cómplice.

Y haz que el ejemplo que nos diste de justicia, de verdad y de amor por los más pequeños vuelva a ser guía para quienes hoy solo usan tu nombre para proteger privilegios y abusos.

Que se haga justicia, aunque duela.

Que se honre la verdad, aunque incomode.

Y que nunca más tu nombre sea utilizado para encubrir el pecado.

Con esperanza en ti y firmeza en la verdad.

*El autor es activista cultural, educador y comunicador.

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