Esta colaboradora revela una gran lección de vida: pequeños gestos de confianza pueden despertar talentos, sostener sueños y transformar a otros
Hay momentos en la vida que parecen pequeños cuando ocurren, pero que, con el paso de los años, descubrimos que dejaron una huella mucho más profunda de lo que imaginábamos.
Hace unos días me pregunté qué cosas me han impulsado a ser quien soy hoy. Pensé en experiencias, personas, decisiones, aciertos y hasta en algunos errores. Y, entre tantos recuerdos, apareció uno que tenía guardado desde mi adolescencia.
En ese entonces estudiaba en el Liceo Juan pablo Duarte y, como parte de una actividad escolar, nuestra profesora de español nos pidió escribir un artículo sobre un tema que consideráramos importante. No recuerdo si aquella asignación parecía especial en ese momento. Para mí era simplemente un trabajo más, uno de tantos que hacemos como estudiantes sin imaginar que algunos pueden terminar marcando nuestro camino.
Decidí escribir sobre el impacto del consumo de drogas, no solamente en quien las consume, sino también en sus familiares y en las personas que lo rodean. Escribí desde la preocupación que me provocaba ver cómo una decisión puede terminar afectando muchas vidas. Puse en aquellas páginas mis ideas, mis sentimientos y mi manera de entender una realidad que, incluso siendo adolescente, consideraba necesario abordar.
Y ocurrió algo que jamás olvidé. Mi artículo fue considerado el mejor y permaneció exhibido durante una semana en el mural de mi centro escolar. Quizás para otras personas aquello pudo parecer un simple reconocimiento escolar. Para mí significó mucho más. Alguien había leído lo que escribí y había decidido que valía la pena mostrarlo. Alguien había visto algo en mí que quizás yo misma todavía no era capaz de reconocer.
Retrospectiva
Y hoy, muchos años después, pienso que quizá aquel momento fue una de esas pequeñas semillas que se plantan en la vida sin que sepamos hasta dónde pueden llegar sus raíces. Porque cuando somos jóvenes estamos construyendo nuestra identidad. Dudamos de nosotros mismos, nos preguntamos si somos buenos en algo, si nuestras ideas tienen valor, si alguien realmente escucha lo que tenemos que decir.
Por eso, cuando alguien cree en nosotros, el efecto puede ser enorme. A veces basta con que un profesor diga: “Lo hiciste bien”. A veces es suficiente con que alguien publique nuestro trabajo, nos dé una oportunidad, nos escuche o nos diga que tenemos talento. Puede parecer poco. Pero para quien está intentando descubrir quién es, puede significarlo todo.
Con los años he entendido que muchas de las personas que llegamos a ser tienen algo que ver con esos momentos en los que alguien apostó por nosotros. Tal vez un maestro reconoció una habilidad que nosotros no habíamos descubierto. Tal vez un familiar nos animó a continuar cuando queríamos rendirnos. Tal vez un amigo confió en nosotros cuando nosotros mismos estábamos llenos de dudas. Y quizás nunca llegamos a decirles cuánto significó.
Por eso hoy, al recordar aquel artículo escrito por una adolescente, no pienso solamente en el tema sobre el que escribí. Pienso en lo que ocurrió después. Pienso en aquella adolescente que vio su trabajo expuesto en un mural y que, probablemente sin saberlo, recibió uno de sus primeros mensajes de confirmación: tu voz importa.
Años después, sigo escribiendo. Y no puedo evitar preguntarme cuánto de aquella adolescente permanece en mí cada vez que me siento frente a una página en blanco. Quizás mucho. Quizás aquel reconocimiento no fue lo que me convirtió en quien soy, pero sí pudo haberme ayudado a creer que tenía algo que decir y que valía la pena decirlo.
Lección de vida
Por eso creo que debemos tener cuidado con la manera en que reconocemos a los demás. Nunca sabemos qué está atravesando la persona que tenemos delante. Nunca sabemos qué duda está intentando vencer, qué sueño está empezando a construir o cuánto necesita escuchar que puede hacerlo.
Una palabra puede parecer pequeña para quien la pronuncia y enorme para quien la recibe. Una oportunidad puede durar un día, pero quedarse en la memoria durante toda una vida. Y reconocer el esfuerzo de alguien puede ser, sin que lo sepamos, el primer empujón que esa persona necesitaba para atreverse a llegar más lejos.
Hoy quiero retomar la escritura. Y quizá no haya una mejor manera de hacerlo que recordando aquel momento en que alguien creyó en mí. Porque, al final, lo que somos no se construye únicamente con nuestras propias fuerzas. También está hecho de las personas que nos tendieron la mano, de quienes nos dieron una oportunidad, de quienes vieron potencial donde nosotros solo veíamos dudas.
Todos, en algún momento, necesitamos que alguien crea en nosotros. Y cuando tenemos la oportunidad de ser esa persona para alguien más, no deberíamos desaprovecharla. Porque tal vez no estaremos simplemente reconociendo un trabajo. Tal vez estaremos ayudando a alguien a descubrir quién puede llegar a ser. ¿Quién creyó en ti cuando todavía no sabías quién podías llegar a ser?

